Nonsense

En la primera mitad de 2006 yo estaba pasando mis últimos meses en cierta enorme empresa española como programador. Llevaba ya 6 años y parecía claro que no iba a quedarme allí mucho tiempo más. La empresa era muy grande, con departamentos y proyectos muy variados, pero no era fácil moverse internamente entre ellos. Lo intenté, pero con poco éxito. Al final, terminé pasando mi último mes escribiendo algunos documentos de arquitectura que ni recuerdo ni creo que nadie leyera jamás.

Me subieron a otra planta, del edificio naranja pasé, si no recuerdo mal, al azul. Y pasé ese mes sentado al lado de una persona que proponía y negociaba ofertas de proyectos de desarrollo. La verdad es que nunca supe exactamente cuál era el título de su puesto, y aunque llegué a conocer su nombre, ahora no lo recuerdo. Sí recuerdo que oía, y tras un tiempo, escuchaba algunas de sus conversaciones. Se sentaba en el puesto de al lado, oír era inevitable. Y después de oír, escuchar se volvió también inevitable.

Aquella persona despachaba carne. Nunca he usado la expresión “cárnica”, creo que es demasiado simplista y está demasiado abusada, pero aquello no puede describirse de otro modo.

Te pongo tres de tarifa C pero entonces ponemos también uno de tarifa A.

Así es como funcionan (¿funcionaban?) las cosas. Nunca he sido muy inocente. Algo idealista, quizá, pero la inocencia ya la había perdido mucho antes. El problema era oír aquello día tras día. Sentir cómo alguien, una persona aparentemente normal… no voy a decir simpática porque no era tanto, pero por lo menos sociable… sentir cómo alguien así no sólo deshumanizaba por completo a las personas que trataba sino, quizá algo más sorprendente para mi en aquel momento, además ignoraba por completo la necesidad real cambiándola por una transacción presupuestaria.

Si te llevas cinco y un jefe de proyecto, te pongo a los cinco con una tarifa más barata. Así creo que queda bastante ajustado para ambos.

No era ya que comerciara con personas (¿exagero? meh), sino la transformación de algo que yo habría pensado consistía en evaluar y estimar, en una forma de sacar cada parte una porción del pastel. El proyecto en sí no importaba. Ninguna de esas conversaciones trataba nunca sobre las necesidades o contenidos de los proyectos.

Aguanté un mes allí sentado porque, por suerte, tener dos responsables y no estar sentado cerca de ninguno de ellos me permitía de vez en cuando desaparecer un rato.


Creo sinceramente, y así lo he creído siempre, que hay que tratar a las personas como personas. Es más, nunca he creído del todo en ese mantra moderno de que todo el mundo es prescindible y sustituible. Sí, en algunas cosas puedes sustituir a una persona por otra, pero eso no quita que cada una tenga sus particularidades que debas tener en cuenta. Sus ventajas y sus inconvenientes. Sus puntos fuertes y débiles.

Entre los programadores se habla mucho de “descartar el ego” a la hora de programar. Está claro que no se trata de ponerse unos por encima de otros y que a nivel humano todos merecemos respeto. Pero la idea de que tanto da un programador como otro eso no es respeto para ninguno. Eso es desprecio y deshumanización para todos. Yo estoy muy orgulloso de lo que hago cuando programo. Me siento, a veces (claro xD), orgulloso de una pieza que escribo. Obviamente se trata de estar abierto a críticas y mejoras y entender que una cosa eres tú y otra es tu código. Todo eso está muy bien. Pero todo eso no quita que ese código lo ha escrito una persona concreta y que cada persona concreta es una persona distinta. Y eso realmente tiene importancia y consecuencias.

La otra parte, la de ajustar al presupuesto, en lugar de a las necesidades del proyecto, es probablemente uno de los principales motivos por los que la industria funciona de forma tan absolutamente estúpida. No sé cuántas veces me habré encontrado mirando un equipo de, no sé, 50 personas y pensando que 45 no estaban haciendo nada e incluso estaban frenando el desarrollo.