Tinselcity

Road to nowhere

Cuando tenía unos 17 años pensaba que no cumpliría los 18. Con 20, un día de invierno, salí de clase a eso de las nueve y media o diez de la noche y, de pronto, me encontré con que no sabía a dónde ir. A casa, obviamente, pero ¿para qué? ¿Para cenar, dormir, estudiar, volver a clase y así siempre? No siempre, claro, terminada la carrera… ¿qué? ¿Sería distinto? Esperaba que sí, pero temía que no.

Desde entonces he pasado diferentes épocas. Algunas más fáciles y otras menos, conmigo mismo como principal enemigo. Pero de alguna forma siempre estaba ahí, de fondo, esa cuestión. ¿Para qué? ¿A dónde estoy yendo? En algún momento de estos años, no sé muy bien cuando, asumí que la respuesta era evidente: A ningún sitio. Una respuesta terrible, pero por lo menos una respuesta.

Y el tener esa respuesta, hizo que empezara a pensar en… bueno, en intentar ir a algún sitio. No a cualquiera, porque si algo tengo claro es que hay sitios a los que no quiero ir, destinos que creo peores que no ir a ninguno. Pero entonces, ¿a dónde ir?

Con más tiempo aún, he ido comprendiendo que, probablemente, un buen destino sea el de enseñar a programar. No creo que se me dé particularmente bien. No creo que yo sea mejor que otros en ello. Pero sí es algo que puedo entender como “bueno”, como un sitio al que merece la pena ir.

Parecería todo solucionado. He encontrado una respuesta. Queda mucho camino, claro, pero por lo menos he encontrado un destino.

Y sí, en parte lo he encontrado.

Pero a la vez que me preguntaba sobre ese sitio para mi, sobre a dónde iba yo, me preguntaba también de forma inevitable a dónde vamos todos. Y aquí, de nuevo, la respuesta que encuentro es terrible. Terrible o incluso más terrible aún. Porque quizá decir que vamos camino a ningún sitio se queda corto. A veces lo que temo no es que no vayamos a ningún sitio, sino que vamos encaminados hacia nuestro propio sufrimiento.

Miro alrededor y lo que veo, lo que “triunfa” es el egoísmo y la satisfacción instantánea. Sí, sí, sé bien que no todo es así. Menos mal, porque si lo fuera seguramente nos habríamos destruido ya. Pero incluso con esos pequeños gestos, o no tan pequeños, con esos pocos o no tan pocos que se entregan generosamente, no podemos evitar que lo que predomine sea lo otro. Cada uno tirando hacia su lado, empujando a los demás, destruyendo lo que otros hacen o simplemente aprovechándose de ello.

Miro alrededor en estos días de confusión y lo único que encuentro es la ausencia de un destino, la incapacidad de pensar en horizontes más lejanos que la próxima semana o ambiciones más grandes que “volver a la normalidad”.